RECONOCIMIENTO Y REGULARIDAD
EN EL SUPREMO CONSEJO DE FRANCIA.

Por Hubert Greven, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de Francia.

La legitimidad del “Supremo Consejo del 33º en Francia”, establecido en París en octubre de 1804, arranca de 1801, puesto que fue creado por el conde de Grasse-Tilly, 33º, miembro fundador del Supremo Consejo de los Estados Unidos de América (1801) y Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de las Islas Francesas de América (1802). Es el segundo en antigüedad de los Supremos Consejos existentes y el primero del Viejo Continente.

Desde 1804, superando las vicisitudes de la Historia, el Supremo Consejo de Francia ha permanecido escrupulosamente fiel a los principios de la Orden, a las prescripciones de las Constituciones de Burdeos, de 1762, y a las Grandes Constituciones de Berlín, de 1786, revisadas en 1875 por el Convento Universal de Laussana: su regularidad ha sido y permanece inalterable.

El Rito Escocés Antiguo y Aceptado se organizó progresivamente ordenando los grados escoceses en síntesis sucesivas. Las Constituciones y Estatutos de 1762, llamadas de Burdeos, y las Grandes Constituciones de 1786, llamadas de Berlín, fuentes de esas síntesis, fueron adoptados como textos fundacionales.

El Rito surgió en América en 1801 (llamado entonces “Real y Militar Orden de la antigua y moderna Francmasonería”), reunía los grados practicados en Francia y en las Antillas, coronado por un Supremo Consejo de Soberanos Grandes Inspectores Generales encargado de administrarlo y de asegurar su perennidad en cada nación o Estado en el que se fuera implantando. El Supremo Consejo de Francia lo denominaría por primera vez “Rito Escocés Antiguo y Aceptado” en el “Concordato” del 5 de diciembre de 1804 (artículo 5º de las disposiciones generales del mismo): éste será luego el nombre universalmente utilizado.

Las Grandes Constituciones fijaban las modalidades de creación e implantación de los Supremos Consejos y en consecuencia, implicaban futuras relaciones internacionales. El “Tratado de Alianza” concluido en París, el 23 de febrero de 1834 entre cuatro Supremos Consejos, fue un primer intento para establecer una coordinación entre Jurisdicciones que se concretaría luego, en el Convento de Laussana de 1875, preconizando el mantenimiento regular de Conferencias Internacionales. La primera de ellas tuvo lugar en Bruselas, en 1907. A continuación, se sucedieron las de Washington (1912), Laussana (1922), París (1929), Bruselas (1935), Boston (1939), La Habana (1956), Washington (1961), en cada una de las cuales participó activamente el Supremo Consejo de Francia.

La dimisión del Gran Comendador Charles Riandey, desautorizado y luego sustituido a la cabeza del Supremo Consejo de Francia, y el reconocimiento por ciertas Jurisdicciones del nuevo Supremo Consejo que aquél creó al margen del que había presidido, tuvieron desastrosas consecuencias para la unidad y la universalidad del Rito: la Historia juzgará la responsabilidad de quienes transgredieron las Grandes Constituciones proclamando territorio inocupado una nación en la que el Rito se hallaba floreciente desde hacía dos siglos e irregular al decano de los Supremos Consejos del Antiguo Continente, que ha profesado y practicado siempre el Rito Escocés Antiguo y Aceptado respetando los más puros principios del Escocismo.

La Conferencia de Bruselas de 1967 consagró la escisión mundial del Rito. Su presidente en ejercicio, el Gran Comendador Luther Smith, de la Jurisdicción Sur de los Estados unidos de Norteamérica, invitó para representar a Francia al Supremo Consejo del Hermano Riandey. Desde el momento de la apertura de los Trabajos, siete Supremos Consejos, de los quince participantes, protestaron (y el Gran Comendador de Alemania fue su portavoz) contra la presencia del Hermano Riandey y contra la actitud norteamericana en aquella coyuntura: Austria, Alemania, Italia, España (en el exilio), Suiza, Turquía y Guatemala. Todos ellos reclamaron la presencia del Supremo Consejo de Francia con sede en la calle de Puteaux, al que consideraban regular, pero siendo rechazada la petición, se retiraron de la Conferencia seguidos también por el Supremo Consejo de Israel (es decir, más de la mitad de las delegaciones).

En 1970, ninguno de los dos Supremos Consejos franceses fue invitado a participar en la Conferencia de Barranquilla (Colombia), en la que se recordó que las Grandes Constituciones seguían siendo la Ley del Rito y que cada Supremo Consejo es juez único de sus relaciones y de sus reconocimientos: ¡Lo que desgraciadamente no se había tenido en cuenta en 1965, en el caso de Francia! Pero también se decidió que todo masón escoces debería afirmar su creencia en Dios, Gran Arquitecto del Universo (contrariamente a las formulaciones neutras de Lausana), creando una división dogmática entre las Jurisdicciones. Última falsificación de la Historia: en 1975, en la Conferencia de Indianápolis, se reconoció al Supremo Consejo de Francia (el aposentado en la parisina avenida de Villiers), una antigüedad que remonta a 1804, siendo así que ese cuerpo masónico no puede considerarse en modo alguno continuador del Supremo Consejo de Francia y aún menos por cuanto el Hermano Riandey, al haber hecho reiniciar a todos lo grados, el 1º al 33º, había roto totalmente con su compromiso masónico anterior.

Pero el Supremo Consejo de Francia, muy consciente de su perfecta regularidad y de su incontestable legitimidad (certificada por sus archivos bicentenarios), fiel a los principios tutelares de la Orden, respetuoso con los criterios tradicionales del Rito Escoces Antiguo y Aceptado y orgulloso del aura que le confieren su antigüedad y el importante número de Supremos Consejos cuyo nacimiento ha patrocinado, se propuso restaurar su posición en Francia y en el mundo.

Por ello, bajo el mandato del Gran Comendador Alberto Chevillon, suscitó la creación de Supremos Consejos regulares y soberanos: los de Marruecos (1977), Gabón (1980), Camerún (1981), Canadá (1987), África Occidental (reagrupando los de Costa de Marfil, Benín y Togo, en 1989). Luego, bajo el mandato del Gran Comendador Paul Vaysset, despertó el Supremo Consejo de Hungría (1998) y bajo el mando del actual Gran Comendador Hubert Greven, los Supremos Consejos de España (2001) y de Marruecos (2002), estando previstas otras restauraciones y creaciones en un futuro próximo.

Habiendo constatado las graves desviaciones que se han ido produciendo por unas u otras causas, alterando la pureza original del Rito (con pérdida de sus referencias espirituales, introducción de enfadosas innovaciones extrañas al Rito, modificación del orden de los grados rompiendo su continuidad iniciática, incluyendo su reducción a los grados 32º y 33º y olvidando, a veces, su carácter iniciático mediante prácticas de ceremonias colectivas), el Gran Comendador Paul Veysset estimó necesario reformular claramente los Principios intangibles del Rito y redefinir los criterios que lo especifican. Por ello en 1996, para poner freno a las señales de degeneración que amenazan la integridad y la perennidad del Rito, tomó la iniciativa de provocar “Encuentros Internacionales” periódicos, rodeándose para ello de Supremos Consejos regulares que comparten la misma preocupación. La primera de esas reuniones habida en Paris los días 28 y 29 de septiembre de 1996, precisó los criterios de regularidad del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Fortalecido con la confianza de los Hermanos que libremente se habían situado bajo su Jurisdicción, consciente de haber permanecido siempre fiel a los principios de la Orden desde 1804, así como a las Constituciones de Burdeos (1762) y a las Grandes Constituciones de 1786, el Supremo Consejo de Francia, vice-decano de los Supremos Consejos del mundo y decano de los de Europa, emprendió la tarea de restaurar su posición en Francia y en el mundo.

En 1978 derogó el decreto que había prohibido a la Gran Logia de Francia reclamarse de Rito Escocés Antiguo y Aceptado: mediante aquel gesto simbólico, saludo el retorno a la unidad del Rito en Francia, del 1º al 33º grado. A partir de aquella fecha, la Jurisdicción conoció un importante desarrollo de sus efectivos y de sus Talleres en Francia metropolitana, en ultramar y en los países extranjeros. Fiel a su vocación (de la que da fe la impresionante lista de Supremos Consejos a los que dio vida desde 1804), el Supremo Consejo de Francia ha implantado el Rito y creado Supremos Consejos independientes en los principales países del África francófona.

La disolución del bloque soviético ha permitido la implantación del Rito en ciertos países de Europa central. Respondiendo a la voluntad de Hermanos de aquellos países que, durante la dominación comunista, se habían refugiado en Francia, colocándose bajo la Jurisdicción del Supremo Consejo de Francia, ha suscitado el despertar del Supremo Consejo de Hungría (1998) y fomenta actualmente la creación de otros varios en el Este europeo.

Guardián y conservador del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, nuestro Supremo Consejo ha emprendido simultáneamente la reforma de los rituales con el propósito de restablecer el Rito de acuerdo con su práctica original.

Las investigaciones y estudios que han acompañado a la realización de tan importante trabajo han sido puestos en conocimiento de los Supremos Consejos del mundo, especialmente a través de sus publicaciones, que han contribuido a reunir en torno a él a los Supremos Consejos más respetuosos de la Tradición escocesa, de la que la mayor parte de las fuentes son francesas.

Constatando que en algunos países del Rito Escocés Antiguo y Aceptado había sido desnaturalizado por las prácticas alteradoras de su carácter original, el Supremo Consejo de Francia ha estimado necesario preservarlo de los desvíos que le amenazaban, velando por su conservación. Por ello, ha propuesto a los Supremos Consejos amigos, aferrados como él a la estricta observancia del Rito, reuniones periódicas para estudiar sus elementos fundamentales, su historia, su organización, sus prácticas, así como para tomar iniciativas comunes capaces de garantizar sus valores esenciales y difundidos. Tal fue la finalidad de los Encuentros Internacionales de París (1996), Gante (1998) y Atenas (2001).

Desde la fundación de los primeros Supremos Consejos, las relaciones internacionales han estado largo tiempo dominadas por las potencias masónicas anglosajonas (Norteamérica), que arbitrariamente y sin considerar a nadie usurpan el derecho de decidir quienes tienen regularidad masónica. Con tal pretensión también se adjudican el derecho de dictar las reglas que determinan la regularidad y el reconocimiento de los Supremos Consejos, declarando irregulares a las Jurisdicciones que no desean reconocer.

Tal voluntad hegemónica que es contraria a las disposiciones de las Grandes Constituciones de 1786, donde se establece la igualdad de los Supremos Consejos del mundo (puesto que sus poderes emanan de la misma fuente), ha provocado diversos desordenes que actualmente en el mundo están rompiendo la unidad del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Mas la regularidad no debe ser confundida con el reconocimiento, ni son sinónimos ambos términos. La confusión mantenida por las Jurisdicciones anglosajonas y las que se hallan enfeudadas a ellas no es inocente, puesto que la irregularidad es el motivo invocado para justificar el rechazo a los Supremos Consejos que no cuentan con su favor. Para disipar esa confusión, recordemos que la regularidad se halla vinculada al respeto de la Tradición y, especialmente, a la referencia al Gran Arquitecto del Universo, la presencia de la Biblia durante los trabajos, la observancia de los textos fundacionales del Rito y la práctica seria de los rituales, mientras el reconocimiento resulta de reglas, a menudo administrativas, que condicionan las relaciones exteriores y las inter-visitas.

Puesto que la regularidad procede, por naturaleza, de una íntima adhesión a los valores de la Tradición, ninguna autoridad masónica del mundo puede concedérsela o retirársela a una Obediencia o a una Jurisdicción. En cambio, las reglas del reconocimiento fluctúan en razón de consideraciones muy frecuentemente políticas.

Fracturas aparecidas, aquí y allá, en detrimento de la unidad el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y de su universalismo, se han visto agravadas por el desconocimiento de su historia, por el desinterés por sus fuentes auténticas y por una interpretación errónea o carente de respeto de los textos fundacionales, ya se deban tales fracturas a la voluntad de hegemonía antes mencionada o sean consecuencia de una desviación de las prácticas rituales.

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